Mansilla “Tiempo callado de agua”

Había que estar ahí para sentirlo. Estar aquí. Ahora que la urna del agua se ha abierto con la pereza de la sequía, bajar y andar por las calles de los pasos muertos, la luz ciega el silencio histérico que te atrapa y comienza a hablar, con la humedad en cada frase, como un perdón sin omisión. Oír, aquí dentro, lo que hubo antes de hoy, esta metamorfosis entre un acuario con peces de piedra, y un terrario por donde las sombras van reptando para llegar a empatizar con la vida que se tuvo que marchar.

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Queda todo y nada, un todo a medio recoger porque los recuerdos se trasladan y se quedan, se transportan en viaje permanente, y te los encuentras al volver. Y una nada que fractura la tierra por donde supura la áspera amargura de lo que ya no es, de lo que no pudo llegar a ser. Un sol que fosiliza las calles olvidadas de vida, tierra enterrada de agua que provoca al puente, este ojo acuoso hoy ciego.
No hay mar con esquinas, las guarda el embalse de Mansilla, una altiva desafíante con descaro, huérfana de paredes con ventana hecha pueblo, que invita a quedarse, a charlar sobre la húmeda tragedia de cada vecino, ella, de pie, testigo de lo que fue, para que no se olvide, como los muros de un campanario que voltea silencios la campana que no está, por los que no han de volver.

Hay algunos árboles plantados en la tozudez, abonados de soledad, momificados amputados de vida que mira sus ramas muertas la nada, y que ya no los reconoce; recuerdan las manos leñosas de aquel Matusalén, abuelo de Noé.
Había que hacerlo, esto y aquello. Tiempo callado de agua, había que estar para recogerlo, para escucharle hablando de su vida rota hoy zurcida de polvo seco…

Belén Merino Martínez

Fotografías: José A. López Hueto