El último regalo

El helado se estaba derritiendo entre las manos. De repente el calor pareciera viajar por sus dedos. Hacia años que no veía una mujer tan bonita.

Se vio, como un estúpido adolescente, embobado frente al escaparate del primer escote. Señor…lo que hay que ver.
Se sentó casi frente a ella, no por cansancio, eso ahora no le preocupaba, sino para sostener sus piernas, le temblaban torpemente. Hubiera deseado vaciar el centro comercial, apartar todo ruido, mirarla hasta que sus ojos coincidieran, y sacar el valor de su guerra, para acercarse y preguntarla si le apetecía tomar un helado con él, o un café, o quedar para ver una película esa misma tarde, o pasar a recogerla mañana para quedarse toda la vida a su lado.
Y se vieron un segundo, ella pareció sonreír.
El universo se distrajo y dejo caer un ángel a su lado.
Se dio cuenta que del cucurucho de oblea, caían los chorretones de limón amargo, llorando su decadencia, decidió tirarlo en la papelera mas próxima, para no parecer tan patético. Se levantó un momento, y a su paso, se deshizo del pringoso resto de un capricho, y con un pañuelo de algodón, se limpió la mano, que sintió torpe en la gracia del azúcar, tendría que labársela. Al girarse, sus ojos buscaron la mesa donde hacía un momento, estaba sentada aquel ángel que atrapó su mundo, y ya no estaba. Sus ojos mas rápidos que su cuerpo la buscaron por entre la gente, no podía haberse movido tanto para llegar tan lejos, tendría que estar en cualquiera de las muchas tiendas que había cerca, vio su taza de café aún en la mesa, y a un mozo con una bandeja, recogerla, y limpiar con una bayeta la superficie esmaltada, donde ella, había apoyado sus brazos sus manos, donde fijó sus ojos, y todo se lo llevaba aquel trapo del camarero…Casi estuvo a punto de gritarle que no, no la borre, es lo único que tengo, ahora ya parece no ha existido, y sin embargo desde Merche, nadie le había movido los cimientos así. Dios! Que vida mas estúpida, desde hace una vida.
Se sentó, de nuevo como un niño perdido entre la multitud del centro, ya sólo la veía él. Se sintió pequeño mas sólo y estúpido que nunca, de haber podido, qué se supone hubiera hecho, seguramente nada , a quién quería engañar, y de hacerlo, porqué tendría ella que aceptar nada de un tipo como él. Cómo puede una mirada atrapar tanto, una imagen traer tanto a una vida, a la de alguien tan acabado, o acabándose. Dentro de unas horas, volvería a la residencia y todo volvería a ser otoño de recuerdos, invierno de alegrías, salvo el arcoíris de una mujer que sólo le miró y sonrió quien sabe si por pura cortesía. Volvería a la residencia La Estrella, donde vivía desde que sus hijos, se trasladaron a otra ciudad.
Prefiere no pensar, aunque todas las noches habla con su Merche, para pedirla que le espere que dentro de nada, llega, que está muy sólo, y nadie como ella. Al recordarla hoy, la pidió perdón por haber sentido un vuelco en esa alcoba donde la lleva siempre, donde hablan y se encuentra en sus muchos momentos de soledad. No sintió haber hecho nada malo, no era eso, era, haberse sentido tan tonto, por un instante, pobre y ridículo viejo de manías, pero hacía tanto que no veía luz…que por un momento, creyó que la vida le daba el último regalo.
-Padre, está usted bien?
-Si, por qué?
-No sé, le he llamado y parecía ausente. Tenemos que marchar, ya acabé con todo, he de pasar por la gasolinera, y después ya le dejo en la residencia. Ya sabe que estamos cerca. Le llamaré, creo que nos vemos en quince días. Cualquier cosa no deje de decírmelo.
Quince días, pensó, pero sólo pudo decir:
-Tranquilo, no te preocupes. Estaré bien.
Miro una vez mas, la mesa donde se quedaba la imagen de una mujer que arañó su oscuridad y le derritió en las manos su helado de limón amargo. Suspiro profundamente, y despacio echó a andar detrás de su hijo, que iba empujando un carro con la compra, Seguro allí estaban las cosas que le iban haciendo falta,recambio de los objetos de aseo, alguna muda nueva, y los caramelos de menta y café que no le faltan nunca en sus bolsillos para él y los cuidadores del lugar., a los que les ofrecía, para darles los buenos días, un dulce gesto. Lo que no vio es que en el suelo junto a la mesa donde estuvo sentada aquél ángel había un folleto publicitario donde podía verse las magnificas soleadas y tranquilas estancias de la residencia , La Estrella. Un
folleto con el número de teléfono cercado por un recalcado circulo, de un bolígrafo azul…