El dolor nos deja mudos

El dolor nos deja mudos, nos paraliza. Nos movemos empujados por la inercia de los acontecimientos, y después queda la habitación de la vida desordenada. Allí donde estaban organizados los días, las convivencias el amor los afectos la compañía, las caricias de ida los besos de vuelta, la ternura los conflictos las discusiones. Los abrazos interminables. Todo está revuelto, como si al entrar el día hubiese dejado la puerta abierta a un tornado por donde se va lo sagrado; por donde se ha roto el eje que pone en movimiento el sentido, la viga que sujeta el universo. Y te has ido.

El tiempo anestesia, y nos deja ver que entre el destrozo, el recuerdo son flores que sobreviven a la rabia, que por encima de la pregunta porqué, está la respuesta de su sonrisa, que se sigue viendo la cara de quien se ha querido, que no hay despedida, solo un hasta luego, eterno y confiado. El tiempo. La estela de cada lágrima es el tiempo, apaga su centella y queda el resplandor sereno de haber formado parte de otra vida, y por ella hay que vivirla.

El dolor nos deja mudos, ante una pérdida inesperada,toda palabra sobra, suena hueca, como un grito en una estancia vacía, y sin embargo seguimos buscando su voz, porque en ella pondremos todos los días, la respuesta a un nuevo día. Dejamos los abrazos colgados de la memoria, para que recordar no duela tanto, que al pensar en quien se ha ido, sea un cálido reencuentro, un poner en pie, otra vez, la vida…

Hasta siempre Lucía.

Belén Merino Martínez