Domingo de tostada sin mermelada.

Los domingos despiertan estirados sin prisa. Bostezas la desgana , sonríes al despertador, haces ovillo de un cuerpo que busca lana, y a veces encuentra oveja. Piensas en café, te sabes hoy los pies fríos, decides con desolación que igual hay que ir poniendo las alfombras, quizá hoy. Das media vuelta, apartas algunas ideas, algunos nombres, otros problemas, y con el escalofrío tatuando en morse las piernas desnudas, te levantas y asumes, que el otoño es antipático de pasar, porque deja la puerta abierta cuando se va, permitiendo al invierno entrar, como un ocupa imposible de echar. Miras la cama y no sabes si está medio desecha o medio compuesta, solo una esquina abierta. Como un mostrador con dos ventanillas y una echada la cortinilla. Sin nadie de espera. Buscas las zapatillas, que han debido tener su discusión particular, la derecha sobre la alfombra, guardando sus pelusas, la izquierda debajo de la cama, no se si escondida, o hablando con las suyas. Salgo al pasillo, la luz del móvil me guía hasta la puerta, y allí en la cocina pienso en tostadas con naranja amarga que hoy no tengo. Miro el día que ya se ha duchado y ha dejado las nubes de su toalla tiznadas de negro, restos de su paso por la noche, y pienso que no es malo, solo jodido de pasar, esto de no tener a mano, un verso echo periódico donde leer, la noticia de ayer para hoy: Amanece un sueño en una cama, y lo adopta una mujer para vivirlo sin dejar que se duerma…
Buenos días, vida de vivir.

Belén Merino Martínez