Romería de La Virgen de Las Abejas

Ermita de la Virgen de Las Abejas

La ermita de la Virgen de las Abejas, edificio del siglo XVIII y antiguo lazareto vinculado al Santo Hospital fundado por el Santo, está situada a unos dos kilómetros y es una de las ermitas que se conservan en la localidad. Todos los años a finales de mayo o principios de junio se celebra en ella la romería más multitudinaria de la ciudad en la que se reparten “lentejas con orejas de lechón”, tal y como dice la famosa copla local.

Javier Díez Morrás

 

 

 


 
 

Suceso histórico

Aquella lejana mañana, seis de junio de 1.911, la ciudad de Santo Domingo, se despertaba con alentadora alegría, al clarear el nuevo día.

Los preparativos al anual acontecimiento; “ … la Romería de las Abejas, “ ilusionaba a los calceatenses, generando un sordo y esperanzado regocijo que se adivinaba en los rostros de los mozos y las mozas. Ellos eran los que con más vehemente diligencia hacían planes adornando sus tartanas, acicalando sus carretas y enjaezando primorosamente los aparejos de sus caballerías.

Entonaban en voz baja, la cancioncilla distintivo de la fiesta. … ” Venimos de las Abejas,” … Era un discreto ensayo de lo que a su regreso, habían de cantar a pleno pulmón con el corazón lleno de felicidad.

… Venimos de Las Abejas,
venimos de la función,
hemos comido lentejas
con orejas de lechón…


Los actos religiosos dieron comienzo con matemática exactitud iniciándose con la Santa Misa. A su término, la procesión recorre los alrededores, portando la imagen de La Virgen de las Abejas y Santa Cristina y una vez finalizadas las actividades religiosas, ya por las primeras horas de la tarde, toman asiento en las bien surtidas mesas, para reponer fuerzas con un adecuado refrigerio, dando cumplida cuenta del plato tan celebrado en los rimados versos objeto de la copla…

“ … hemos comido lentejas / con orejas de lechón … “

Al finalizar la comida y en el momento más trascendental de la fiesta, la romería recibe una nutrida avalancha de juveniles y juguetonas gentes, sumándose a los que ya estaban. Era un continuo torrente de público, acercándose por el camino de los Erios, unos a pie, en carros y en definitiva, empleando los medios más a su alcance, pero … ¡ Eso si !... con la bulliciosa alegría tan propia de la fiesta.

Un tradicional grupo de músicos, comienza a atacar las primeras piezas y los más decididos se disponen a entrelazar los iniciales bailes en aquella improvisada pista. Aumenta por momentos el bullicio, la diversión y los elegantes desplantes de la danza y todos se las prometen muy felices, pero … “ He aquí “ … que el destino les tiene reservado un inesperado acontecimiento..

A medida que la tarde progresa, negros nubarrones presagian la descarga de una fuerte tormenta con abundante liberación de aparato eléctrico, que las fuerzas de la naturaleza anuncian con lejanos avisos. Sin tardar mucho tiempo, unos relámpagos e impresionantes truenos se sitúan sobre sus cabezas, acompañados de grandes goterones que ponen en desbandada a todo el tropel de gente.

Con premiosa rapidez, corren arrollándose unos a otros y entre todos ellos, dos jóvenes parejas que entre risas y aceleradas carreras, intentan cobijarse del aparatoso aguacero. Una de las parejas, se cubre bajo el paraguas del árbol más cercano que por allí había y la otra en otro árbol adyacente. Lo cierto es, que por azares de la vida y sin saber por qué, se hizo un trueque y la novia del uno se cobijó con el novio de la amiga, y en el otro árbol la otra pareja; ambas invertidas.

Un zigzagueante rayo originó un destello tremendo, que cubrió el cielo unas milésimas de segundo y al mismo tiempo, un ensordecedor trueno paralizó a todos los asistentes. Se heló la sangre en las venas de la gente, concluyendo que algo muy grave había ocurrido. Una potente chispa cayó desde los negros nubarrones del cielo, hasta la copa del árbol en que se cobijaba una de las improvisadas parejas. La descarga petrificó a todos y la fuerte chispa seccionó como si de una porción de mantequilla se tratase, el grueso tronco de aquel centenario gigante. En su base, su violencia destructora golpeó en los cuerpos de aquellos que inocentemente trataban, simplemente de …¡ No mojarse.¡!

Gritos de impotencia, acompañados de desconsolados lamentos, trataban de mitigar la macabra realidad que ante sus ojos se mostraba. Los dos jóvenes, ella y él, yacían en el suelo rotos por el rayo mortal, como si de dos muñecos de trapo se tratase.

La otra improvisada pareja, compañeros y amigos de las víctimas y supervivientes, de la inesperada tragedia, Victoria Mateo y Valentín Ortega, no podían creer lo que ante sus ojos se presentaba con su cruda realidad. Hundidos clavaban sus ojos en los cuerpos de aquellos amigos tan queridos y su razón se negaba a admitir el desgraciado suceso.

La vida se desliza impetuosa, como un escabroso río de montaña que ajeno a los obstáculos en su bajada fluye hacia su destino, prosiguiendo con machacona impetuosidad hacia un ignorado designio.

Más adelante, estos jóvenes que se buscaban el uno al otro, con el sano objetivo de hablar de sus parejas rememorando los felices momentos vividos en su compañía, se sintieron llenos de un gozoso cariño, que culminó en un profundo amor.

Con el tiempo se casaron, viviendo felices y siendo partícipes de un desgraciado suceso, que íntimamente guardaron con aquellos a los que siempre tuvieron presentes y que les acompañaron en su corazón.

Victoria muy tempranamente enviudó, siendo una de aquellas abnegadas madres que supieron con un esfuerzo sin límites, sacar adelante a sus hijos y demostrar al mismo tiempo ser una calceatense saturada de generosidad. Durante más de treinta años sus manos cocinaron el almuerzo en las Fiestas Calceatenses. Su privilegiada colaboración fue inestimable, teniendo un lugar destacado en los anales de la Cofradía del Santo


A. Ignacio González

 

Nota adicional:

El Año 2011 se conmemoró y recordo este suceso en los actos de este día